Historia · Abril 2026 · 14 min de lectura
La Crónica de Pigafetta: el primer viaje alrededor del mundo
El relato escrito por el caballero veneciano Antonio Pigafetta es la fuente primaria e invaluable sobre la primera circunnavegación de la Tierra (1519–1522). Movido por el deseo de gloria personal y de contemplar las maravillas del océano, Pigafetta se unió a la expedición en Sevilla y anotó a diario los sucesos de la flota. Su narración se estructura en cuatro libros, desde el comienzo hasta el triunfal y agónico final.
Libro I — El Atlántico, la Patagonia y el Estrecho
La aventura comenzó en agosto de 1519, cuando la escuadra al mando de Fernando de Magallanes — cinco naves y 237 hombres — partió de Sevilla buscando una ruta occidental hacia las ricas Islas de las Especias (las Molucas). Magallanes impuso una disciplina férrea y estableció un complejo sistema de navegación nocturna con linternas para mantener unidos los barcos.
Tras bordear la costa africana, la flota alcanzó las exuberantes costas de Brasil, donde se abastecieron intercambiando baratijas europeas. Pigafetta describió la flora, la fauna y las costumbres de los nativos: iban desnudos, dormían en redes colgantes llamadas hamaks, vivían en ruidosas casas comunales (boy) y comían la carne de sus prisioneros para saldar antiguas venganzas.
Al sur del continente, el crudo invierno les obligó a permanecer cinco meses en San Julián (Patagonia). Encontraron a los "patagones", hombres de estatura gigantesca vestidos con pieles de guanaco, que creían en el demonio Setebos. Sus prácticas médicas asombraron a Pigafetta: provocar el vómito introduciendo una flecha en la boca o sangrarse con cortes para aliviar el dolor. Magallanes logró capturar a dos gigantes con engaños, encadenándolos con grilletes de hierro.
La estancia se vio ensombrecida por una sangrienta motín de oficiales españoles — rápidamente sofocado por Magallanes — y por el naufragio del Santiago.
El 21 de octubre de 1520, a 52° de latitud sur, avistaron por fin el paso marítimo, al que llamaron Estrecho de las Once Mil Vírgenes. Entre los laberínticos canales, el San Antonio desertó y regresó a España, pero el resto de naves emergió al ansiado océano.
Libro II — El infierno del Pacífico, Filipinas y la muerte de Magallanes
Llamaron "Pacífico" a aquel vasto océano porque durante tres meses y veinte días de navegación no encontraron tormenta alguna — aunque el sufrimiento por hambre fue atroz. Sin comida ni agua dulce, la tripulación sobrevivió a base de polvo de galleta lleno de gusanos, serrín, ratas y cuero endurecido de la nave. El escorbuto les hinchó las encías y mató a diecinueve hombres, incluidos los isleños cautivos.
El tormento cesó al llegar a las Islas de los Ladrones (Marianas), donde surgieron disputas por los veloces hurtos de los nativos. Poco después desembarcaron en el Archipiélago de San Lázaro (Filipinas). En las islas de Massana y Zubu (Cebú) la fortuna volvió: sellaron amistades mediante pactos de sangre con reyes locales como Colambu y Humabon. Pigafetta describió sus banquetes, la bebida de vino de palma, el constante mascar de fruto de areca con hojas de betel y exóticos ritos funerarios.
Magallanes desató un intenso celo evangelizador: celebró la primera misa, erigió una gran cruz, destruyó ídolos locales y bautizó al rey (renombrado Carlos), a la reina (Juana) y a cientos de súbditos.
Confiado en exceso, Magallanes desembarcó en Mactán el 27 de abril de 1521 para combatir a las fuerzas del cacique Cilapulapu con apenas cincuenta soldados. Rodeado de guerreros en la orilla e incapaz de emplear las armas europeas en el agua, fue abatido a sablazos y lanzas.
Días después, la traición de Enrique, esclavo de Magallanes, instigó a los caciques de Cebú a emboscar a varios capitanes españoles durante un supuesto banquete, obligando a los europeos a huir precipitadamente.
Libro III — Exploración y llegada a las Molucas
Con muy pocos hombres para las tres naves restantes, vaciaron y quemaron la Concepción. Continuaron por islas ricas en provisiones, como Palawan, y alcanzaron el espléndido reino de Burné (Borneo). Allí vieron una ciudad de veinticinco mil familias; su rey musulmán (Siripada) seguía protocolos suntuosos, con elefantes reales y embajadores que sólo hablaban a través de tubos o cerbatanas.
Tras enfrentarse a juncos locales y apoderarse de mercancías, lograron poner rumbo al destino soñado.
El 8 de noviembre de 1521 entraron por fin en Tadore, corazón de las Molucas y tierra de la codiciada especia. El rey Manzor los recibió con reverencia, juró lealtad a la corona española y permitió un comercio extenso. Pigafetta describió la asombrosa botánica: el famoso clavo sólo crecía en las húmedas laderas de unas pocas islas. Los intercambios fueron rentabilísimos: cientos de libras de clavo por cintas, telas, tijeras y pequeñas cadenas de latón.
Listos para regresar triunfantes a Europa, descubrieron con horror que la Trinidad tenía una grave vía de agua que los buzos nativos no lograban localizar. Se vieron forzados a dividir la flota: la Trinidad quedaría en reparaciones al mando de Juan Carvallo con más de cincuenta hombres, mientras la Victoria partiría de inmediato — sola — intentando cruzar las traicioneras rutas occidentales hacia el Atlántico con sólo 47 europeos y 13 isleños.
Libro IV — El océano Índico y el misterio del día perdido
Evitando todo territorio frecuentado por la enemiga flota portuguesa, la solitaria Victoria atravesó desesperadamente el vasto Índico. Tras meses sin avistar tierra y después de recoger sándalo en Timor, doblaron el tempestuoso Cabo de Buena Esperanza a comienzos de mayo.
Su magra dieta de arroz y agua provocó escorbuto y mató a veintiún marineros.
El agotamiento les obligó a detenerse el 9 de julio en una isla del archipiélago de Cabo Verde, controlada por los portugueses. Los supervivientes mintieron diciendo que venían de la ruta americana y compraron provisiones vitales.
En esa parada descubrieron el fascinante misterio geográfico y temporal de la expedición: al comparar fechas con los locales, supieron que en tierra era jueves, mientras los meticulosos diarios de Pigafetta insistían en que era miércoles. Comprendieron empíricamente que, al viajar hacia el oeste alrededor del planeta — siguiendo el movimiento aparente del Sol —, habían ganado inevitablemente veinticuatro horas.
El engaño falló y los exhaustos exploradores huyeron presas del pánico, dejando a trece compañeros prisioneros de los portugueses.
Tras recorrer las increíbles 14.460 leguas y completar la primera vuelta al mundo, la histórica nave entró en Sanlúcar de Barrameda el sábado 6 de septiembre de 1522, y ancló en Sevilla el día 8. Sólo regresaron 18 supervivientes, visiblemente enfermos. Al día siguiente, agradecidos por su suerte, caminaron descalzos, con hábitos sencillos y un cirio en la mano, para cumplir la promesa religiosa hecha a la Virgen.
El viaje terminó formalmente cuando Pigafetta se reunió con el emperador Carlos V en Valladolid y, en lugar de ofrecerle riquezas materiales, le entregó el manuscrito que documentaba los detalles, penurias y absolutas glorias del viaje que cambió la percepción humana del universo.
De los 237 hombres y cinco naves que zarparon de Sevilla en agosto de 1519, sólo 18 hombres a bordo de la Victoria regresaron en septiembre de 1522 — el coste humano del primer viaje alrededor del mundo.





